Seguramente, nuestro título es discutible. Por ahora, nos interesa comunicar algunas intenciones, con el único propósito de contribuir al bienestar humano.

Es frecuente que, en estos tiempos de urgencias o emergencias, nos pregunten: ¿Qué es lo que sabes hacer? ¿Tienes experiencia? Y también, con mucha frecuencia, las respuestas son negativas. Las personas no saben o creen no saber nada importante. Acerca de la experiencia, probablemente no tenemos criterios de valoración suficientes sobre las tareas que hemos venido realizando en el hogar o fuera de él.

La segunda guerra mundial arrastró, finalmente, a ciertas conclusiones que luego se convirtieron en premisas para reorganizar la sociedad de postguerra en Europa, entre otros aspectos, en la educación.

Como consecuencia del desastre bélico, quienes más padecían el abandono, la miseria, la impotencia, eran los huérfanos de las familias que habían contado con todas las comodidas de la vida en paz, sin que prácticamente se preocuparan de resolver sus problemas personales más sencillos. Estos niños no sabían supervivir fácilmente, se sentían angustiados, gravemente abandonados. Era obvio que ignoraban todo aquello que tenía que ver con las tareas del hogar, tales como preparar los alimentos a partir de conocimientos básicos de cocina, cuidar a los niños más pequeños, ordenar las cosas de la casa, lavar, planchar, arreglar la ropa. Eran tareas mínimas que se requerían para autosostenerse o para apoyar a los grupos. Respecto a la importancia de la cocina, por ejemplo,  Claude Lévi Strauss considera que “junto con el lenguaje, constituye una forma de actividad humana verdaderamente universal”. En la escala de Maslow, se trataba de lograr cubrir las necesidades de supervivencia y seguridad. La necesidad de sobrevivir era evidente, pero faltaban las competencias mínimas que sí tenían, por ejemplo, los niños del campo.

Era urgente desarrollar capacidades de primera mano en toda la población, para que la sociedad se asentara sobre bases seguras. La educación cambió sus puntos de vista casi invariables desde la edad antigua respecto a lo que debe saber todo humano, por encima de la riqueza que lo rodea. Las tareas domésticas pasaron a significar una diferencia sustancial entre el hombre y el animal. La cocina aparece como un hecho típicamente cultural, con las diferencias de cada hecho cultural ligado a la programación cultural.

Actualmente, por ejemplo en una familia búlgara, los padres pueden realizar sin problemas un viaje de vacaciones, dejando el hogar al cuidado del hijo mayor, que puede ser un adolescente de doce o trece años, quien se encargará, entre otras responsabilidades, que no les falte nada a los hermanitos menores. La confianza entre ellos es alta, además del cultivo de todos los valores sociales necesarios y la autorrealización de unos y otros.

Creo que rudimentariamente los grupos humanos alimentan estas posibilidades, pero el sistema educativo debe estimular que la realización del ser humano mejore, a partir de esto que llamamos la educación de primera mano, manteniendo una firme identidad cultural, en un ambiente de globalización.

Concordamos con la tercera propuesta que propone Edgar Morin respecto a la educación del futuro que debe ser: “una educación que enseñe la condición humana, en la que se reconozca la humanidad común y, al mismo tiempo, la diversidad cultural inherente a todo ser humano.”